lunes, diciembre 13, 2004
lunes, noviembre 08, 2004
Nacemos. Y desde el momento en el que las moléculas de oxígeno comienzan a penetrar por nuestros pulmones nos sentimos extraños, ajenos. Vamos creciendo siguiendo ciertos estereotipos, algunos más acertados que otros. Consumimos bebidas de cola que anuncian por la televisión para sentir que encajamos dentro de una sociedad que nos es extraña. Vamos al cine, escuchamos los últimos éxitos de nuestros grupos de música favoritos. Lo mejor de todo esto es que podemos elegir. O al menos eso es lo que nos creemos.
A veces nos disgustamos con personas cercanas a nosotros por tonterías, sin pararnos a pensar lo importantes que las relaciones personales pueden ser para nosotros. Mucho más que cualquier bebida de cola de las que anuncian por la televisión. Otras veces nos autocompadecemos, y nuestra soledad no nos deja ver más allá de nuestra tristeza. A veces no nos damos cuenta que ahí fuera, a la vuelta de la esquina puede estar la felicidad.
Pasamos por la vida, la gran mayoría de las veces sin dejar rastro. Nunca descubriremos una vacuna que cure todas las enfermedades y nos de un premio Nobel en medicina. Nunca escribiremos una canción millonaria que suene y resuene por las estaciones de radio una y otra vez. Ni vamos a ser capaces de escribir un libro que perdure en la memoria de los siglos venideros.
Quizás lleguemos a enamorarnos. Quizá compartamos momentos de felicidad con nuestros amigos más íntimos, incluso puede que lleguemos a sentir plenitud dentro de nuestras encorsetadas almas. Para después morir en paz.
Morir en paz...
A veces nos disgustamos con personas cercanas a nosotros por tonterías, sin pararnos a pensar lo importantes que las relaciones personales pueden ser para nosotros. Mucho más que cualquier bebida de cola de las que anuncian por la televisión. Otras veces nos autocompadecemos, y nuestra soledad no nos deja ver más allá de nuestra tristeza. A veces no nos damos cuenta que ahí fuera, a la vuelta de la esquina puede estar la felicidad.
Pasamos por la vida, la gran mayoría de las veces sin dejar rastro. Nunca descubriremos una vacuna que cure todas las enfermedades y nos de un premio Nobel en medicina. Nunca escribiremos una canción millonaria que suene y resuene por las estaciones de radio una y otra vez. Ni vamos a ser capaces de escribir un libro que perdure en la memoria de los siglos venideros.
Quizás lleguemos a enamorarnos. Quizá compartamos momentos de felicidad con nuestros amigos más íntimos, incluso puede que lleguemos a sentir plenitud dentro de nuestras encorsetadas almas. Para después morir en paz.
Morir en paz...
lunes, octubre 25, 2004
Un soplido de aire helado rasgó la cara del guerrero, su mechón de pelo rubio ululeó al viento del Himalaya. Su anciano padre murió antes de poder descifrarle el gran poema de las nieves, y por eso tendría que vagar por la montaña para encontrar la respuesta que su corazón buscaba desde que era un niño.
Entonces el caminante envainó la prístina hoja de su espada y comenzó su aventura por las laderas de la gran montaña nevada de azul. Los rosales casi habían desaparecido de su camino, las flores de loto iban muriendo en los bordes de la vereda una a una.
Pero no se sobresaltó cuando un terrible rugido de tigre albino llegó hasta sus oídos. El guerrero caminante volvió su mirada hacia atrás, y con una divina precisión la colocó justo en las cuencas de los ojos del terrible tigre albino, y lo desarmó sin pestañear.
El caminante guerrero siguió por la vereda, el camino se le iba apareciendo ante sus ojos poco a poco, y lentamente comprendía hacia dónde se iba dirigiendo.
Una enorme fuente que desprendía una brillante luz multicolor broto de la tierra sin hacer ningún sonido, y el guerrero postró su rodilla izquierda sobre el verde pasto para beber de los borbotones de agua multicolor que surgian de la mística fuente que había surgido misteriosamente del suelo. Y entonces siguió caminando.
Antes de poder darse cuenta apareció ante sus ojos una hueste de demonios azules que se reían con un tono agudo pero estremecedor, entonces el caminante sacó la hoja mística de su espada, que brilló por toda la ladera de la montaña por un momento, y con un moviemiento preciso y grácil decapitó al mayor de los demonios de hielo.
Una a una iban rodando las cabezas de los terroríficos demonios de hielo que trataban de atacar al guerrero sin acierto. Al final el último de los guerreros demonio asestó un grave golpe contra el caminante, rasgando su espalda y dejándole sangrando inconsciente en el suelo.
(continuará?)
Entonces el caminante envainó la prístina hoja de su espada y comenzó su aventura por las laderas de la gran montaña nevada de azul. Los rosales casi habían desaparecido de su camino, las flores de loto iban muriendo en los bordes de la vereda una a una.
Pero no se sobresaltó cuando un terrible rugido de tigre albino llegó hasta sus oídos. El guerrero caminante volvió su mirada hacia atrás, y con una divina precisión la colocó justo en las cuencas de los ojos del terrible tigre albino, y lo desarmó sin pestañear.
El caminante guerrero siguió por la vereda, el camino se le iba apareciendo ante sus ojos poco a poco, y lentamente comprendía hacia dónde se iba dirigiendo.
Una enorme fuente que desprendía una brillante luz multicolor broto de la tierra sin hacer ningún sonido, y el guerrero postró su rodilla izquierda sobre el verde pasto para beber de los borbotones de agua multicolor que surgian de la mística fuente que había surgido misteriosamente del suelo. Y entonces siguió caminando.
Antes de poder darse cuenta apareció ante sus ojos una hueste de demonios azules que se reían con un tono agudo pero estremecedor, entonces el caminante sacó la hoja mística de su espada, que brilló por toda la ladera de la montaña por un momento, y con un moviemiento preciso y grácil decapitó al mayor de los demonios de hielo.
Una a una iban rodando las cabezas de los terroríficos demonios de hielo que trataban de atacar al guerrero sin acierto. Al final el último de los guerreros demonio asestó un grave golpe contra el caminante, rasgando su espalda y dejándole sangrando inconsciente en el suelo.
(continuará?)
sábado, octubre 23, 2004
Comienza una nueva vida en un nuevo mundo. Las luces de Santiago se empiezan a encender, yo saldré a pasear con mi perro por el parque una noche más, observando la luna y recordando todas esas cosas que he ido dejando atrás, algunas volverán, otras puede que no.
Vemos viejas cintas de video en nuestro televisor, la noche llegará de un momento a otro. La primavera en Santiago parece llegar también a cada momento. Las alergias comienzan a resonar en nuestras gargantas. El ruido de la radio llega hasta mi inconsciente más profundo, para recordarme una vez más que ella sigue a mi lado.
Mi equipaje es más ligero de lo que cabría pensar, porque he dejado aparcada por todo un año mi vida en Madrid, por eso una nueva vida frorece a cada minuto sobre el asfalto de esta maravillosa ciudad. Santiago es tan diferente que lejos de incomodarme hace que me sienta cada vez más seguro de mi decisión. El sonido de las ondas sobre el agua me ayuda a seguir escribiendo.
Nuestra nueva casa comienza a funcionar como una casa. Hasta los electrodomésticos han aprendido nuestros nombres. El incansable tic-tac de mi nuevo reloj de pulsera me acompaña durante casi toda la jornada, hasta que mi perro y yo salimos a pasear por la noche. Entonces espera dentro del armario bajo un par de camisetas hasta la mañana siguiente.
El cariño y el amor que siento por ella han conseguido que me fuera lejos de Madrid. Lejos de sus oscuras calles llenas de magia, de sus portales, con miles de historias que contar sobre adolescentes habrientos de experiencias los fines de semana por la noche. Con sus anaranjadas luces al atardecer. La calle de la Palma tendrá que esperar a mi vuelta. Los adoquines de la plaza del dos de Mayo tendrán que esperar un año a las suelas de mis zapatillas de skate, los vasos de las tabernas y los bares tendrán que esperar un poco más a ser vaciados por mi garganta.
Porque ahora Santigo parece haberme adoptado, y la luna brilla más hemosa en el hemisferio sur. Y las estrellas tintinean a miles de kilómetros de mi verdadero hogar, cada noche, mientras paseo a mi perro.
Vemos viejas cintas de video en nuestro televisor, la noche llegará de un momento a otro. La primavera en Santiago parece llegar también a cada momento. Las alergias comienzan a resonar en nuestras gargantas. El ruido de la radio llega hasta mi inconsciente más profundo, para recordarme una vez más que ella sigue a mi lado.
Mi equipaje es más ligero de lo que cabría pensar, porque he dejado aparcada por todo un año mi vida en Madrid, por eso una nueva vida frorece a cada minuto sobre el asfalto de esta maravillosa ciudad. Santiago es tan diferente que lejos de incomodarme hace que me sienta cada vez más seguro de mi decisión. El sonido de las ondas sobre el agua me ayuda a seguir escribiendo.
Nuestra nueva casa comienza a funcionar como una casa. Hasta los electrodomésticos han aprendido nuestros nombres. El incansable tic-tac de mi nuevo reloj de pulsera me acompaña durante casi toda la jornada, hasta que mi perro y yo salimos a pasear por la noche. Entonces espera dentro del armario bajo un par de camisetas hasta la mañana siguiente.
El cariño y el amor que siento por ella han conseguido que me fuera lejos de Madrid. Lejos de sus oscuras calles llenas de magia, de sus portales, con miles de historias que contar sobre adolescentes habrientos de experiencias los fines de semana por la noche. Con sus anaranjadas luces al atardecer. La calle de la Palma tendrá que esperar a mi vuelta. Los adoquines de la plaza del dos de Mayo tendrán que esperar un año a las suelas de mis zapatillas de skate, los vasos de las tabernas y los bares tendrán que esperar un poco más a ser vaciados por mi garganta.
Porque ahora Santigo parece haberme adoptado, y la luna brilla más hemosa en el hemisferio sur. Y las estrellas tintinean a miles de kilómetros de mi verdadero hogar, cada noche, mientras paseo a mi perro.
sábado, septiembre 18, 2004
Hubo un tiempo en el que todo era más fácil, más fácil que ahora por lo menos. Sonaban los viejos rocanroles por mis gastados altavoces, los veranos pasaban sin prisa por mi calendario, los sueños volaban por el techo de mi habitación y los posters de mis paredes estaban infestados de telarañas y melancolía facilona. Pero ahora todo ha cambiado, dejé atrás aquellos sueños, aquellos rocanroles adolescentes que poblaban mis entrañas. Ahora sólo quedan las telarañas, y los huecos blancos en las paredes. Y los recuerdos de veranos que pasaban sin prisa por mi calendario.
sábado, septiembre 11, 2004
11 S/11 M
Las torres caen en llamas por la mañana, miles de muertos a causa de una guerra injusta.
Seis meses después un tren de cercanías explota en la estación de Atocha, cientos de muertos por una guerra de mierda.
Las torres caen en llamas por la mañana, miles de muertos a causa de una guerra injusta.
Seis meses después un tren de cercanías explota en la estación de Atocha, cientos de muertos por una guerra de mierda.
miércoles, septiembre 01, 2004
La cerveza de mi litrona se quedó sin gas. Mientras esperamos sentados un viaje transoceánico. Volveré a empacar mis sueños e ilusiones más profundas y las mandaré al otro lado del Atlántico. Sueño con poder ser suficiente, con pasar largas tardes del verano austral justo a sus hombros. Mi amor por ella comienza a ser descomunal. Inabarcable. Por eso salgo de viaje junto a ella.
Ella me da cobijo durante las calurosas noches de agosto que sudo enfrente de un televisor cada vez más oxidado.
Ella me dará cobijo junto a su blanquecino cuerpo, cuando mi alma más lo necesite. Sé que estará a mi lado, que no me fallará.
Me reinsertaré en una sociedad desconocida para mí, sólo por ella.
Santiago de Chile me espera.
¿Quién dijo miedo?
Ella me da cobijo durante las calurosas noches de agosto que sudo enfrente de un televisor cada vez más oxidado.
Ella me dará cobijo junto a su blanquecino cuerpo, cuando mi alma más lo necesite. Sé que estará a mi lado, que no me fallará.
Me reinsertaré en una sociedad desconocida para mí, sólo por ella.
Santiago de Chile me espera.
¿Quién dijo miedo?